Mi muy querido y estimado Cj:
Perdona que cambie el orden, pero
sólo intento que no conozcan tu verdadera identidad y que sigas pasando
completamente desapercibido. El motivo de estas líneas no es otro que el de
hacerte partícipe de una revelación que me aflige y, la verdad de la buena, no
sé cómo hacerlo.
Podría haber concertado un discreto encuentro
entre ambos, o incluso haberte llamado por teléfono, pero no me atrevía; sé que
al hacerlo así te hubieras llevado un enorme disgusto y no estoy preparado para
soportar tanto desconsuelo en directo.
Lo de enviarte una paloma
mensajera no me pareció mala idea, aunque luego pensé que, en las actuales
circunstancias, no era lo más aconsejable no fuera a meterse el demonio por
medio y, en mala hora, de certero disparo, fuera abatida. Además, que a ver
dónde encuentro yo, hoy sábado con todo cerrado, una paloma que se preste al
servicio y que sepa a tu casa.
Pensé también en hacerte llegar las malas
nuevas a través de un cursor, por carta, pero el desfase temporal hubiera
impedido, sin ningún género de dudas, la necesaria e inmediata interacción emisor-receptor que sirviera de mensaje de alerta para poner la suficiente tierra por medio
y destruir cuantas comprometedoras pruebas pudieran caer en manos no deseadas.
Así pues, tras muchas horas de
reflexión, sin comer, beber, ni dormir absolutamente nada desde que conocí la
noticia en el día de ayer, he decidido que voy a hacerla pública a través de
este medio, el cual es seguido y leído -los que saben, claro, que alguno habrá que...- por todos los presuntos implicados según
consta en nuestros archivos, con lo que del total de congoja y aflicción, al ser
repartida entre tantos, apenas si cabremos, cada uno, a algo más de unos pocos gramitos, aunque, eso
sí, profusamente cargados de tormento, pesadumbre y desazón.











