Hará dos o tres mañanas, durante un viaje profesional, a través de los novedosos sistemas de comunicación tan a la moda, recibí la foto de un escrito. Tras leer su contenido llamé de inmediato a su remitente por teléfono. No era la mejor forma, pero sí la única a mano que me permitía enviar un virtual abrazo y desear lo mejor. Mientras hablábamos me alegré sobre manera. Por mi interlocutor en primer lugar, también por los muchos con los que, a partir de ahora, de manera indisoluble, tendrá que compartir fraternalmente triunfos y derrotas; pero sobre todo, mucho más, me alegré por la Institución, sometida de un tiempo a esta parte a bochornosas tensiones, en todo punto desconocidas hasta para los más viejos del lugar y un tanto peculiares una vez se escrutan con el necesario y reposado análisis que consigue apartar el árbol que impide ver el bosque.
Mientras dejábamos atrás los kilómetros de autovía que aún nos separaban del encuentro prefijado, recordé una anécdota de hace ya bastantes años, que muchos sé que conocéis pero que me gustaría traeros de nuevo aquí. Como digo, es de hace bastante tiempo, eso sí, de cuando ya no se enderezaban puntas en el viejo Arca, que, sin embargo, seguía siendo crisol y hervidero de jóvenes sueños e inquietudes, auténtica escuela de cofrades en su más amplio sentido del término.




